Una serie de proyectos que terminaron en fiascos persigue desde los ochenta a la dirigencia sandinista: ferrocarriles de costa a costa, fábricas en la selva, aeropuertos de lujo. El reciente plan para construir un canal interoceánico delata a un gobierno que se niega a abandonar su megalomanía.

Dos días antes de la Nochebuena de 2014, la primera dama de Nicaragua, Rosario Murillo, anuncia en su intervención diaria en la radio local que tras siglos de espera la construcción del canal interoceánico ha iniciado y el autor de la hazaña, que hará posible en un plazo de cinco años que buques crucen Nicaragua, es el presidente Daniel Ortega que gobierna el país desde 2007. Murillo agradece a la Virgen, los santos y “todos los espíritus grandes que colman nuestro cosmos”. Horas antes del anuncio, en Rivas, la capital del sur de Nicaragua, se inauguran las primeras obras del canal, que para edificarse necesita carreteras y puertos tanto en el Pacífico como en el Caribe. Al evento asiste Laureano Ortega Murillo, el asesor de inversiones del gobierno y uno de los hijos de la pareja presidencial. Las autoridades han cortado cintas rojas y el concesionario Wang Jing, un misterioso empresario originario de China, se toma la foto para la posteridad. En junio de 2013, a él le fue adjudicada, sin licitación de por medio, la construcción de una obra cuyo costo es de cincuenta mil millones de dólares.

En una de las economías más empobrecidas de América Latina, donde cuatro de cada diez nicaragüenses sobreviven con menos de cuatro dólares al día según una investigación del Banco Mundial de 2015, la concesionaria Hong Kong Nicaragua Canal Development Investment Company (hknd), presidida por Wang, promete un milagro financiero y proyecta la duplicación del Producto Interno Bruto que en 2013 había sido de 11,255 millones de dólares, según las cifras del Banco Central de Nicaragua.

Gracias al canal, el país centroamericano concentrará el 5% del transporte marítimo mundial, construirá otro aeropuerto internacional, tendrá una zona de libre comercio y complejos turísticos privados en sitios emblemáticos del turismo local. Esa es la promesa.

Wang –de 43 años y con un patrimonio de 9.5 mil millones de dólares, según estimaciones de Forbes– es el presidente de la empresa de telecomunicaciones Beijing Xinwei Telecom Technology Co. Además del canal interoceánico, en noviembre de 2012 recibió otra concesión por parte del gobierno de Ortega para el desarrollo de la telefonía rural. En su momento, el director del Instituto de Telecomunicaciones y Correos, Orlando Castillo, aseguró que en el primer año se invertirían setecientos millones de dólares, una cifra que subiría de manera escalonada hasta llegar a dos mil millones. Sin embargo, hasta abril de 2015, no se había instalado una sola línea.

El año pasado, Santiago Villa, Wilfredo Miranda y yo, coordinados por Carlos Fernando Chamorro, reportamos en una larga investigación para el periódico digital nicaragüense Confidencial que, para gestionar los fondos que le permitirán construir el canal, hknd había creado una red de quince empresas constituidas en cuatro países. Hasta el momento en que escribo estas líneas, el equipo de Wang sigue sin explicar de dónde saldrán los fondos; tampoco ha presentado el estudio de impacto ambiental que reclama la Academia de Ciencias de Nicaragua, que cuenta entre sus miembros destacados con el más respetado de todos los científicos del país, Jaime Incer Barquero –también asesor en temas ambientales de Ortega–. Incer Barquero ha mostrado su preocupación sobre las consecuencias que una obra de esta envergadura puede tener sobre el lago Cocibolca (también conocido como lago Nicaragua), una de las reservas de agua dulce más importantes en la región. El canal de Wang, que tendrá una extensión total de 278 kilómetros, quinientos veinte metros de ancho y treinta metros de profundidad, promete atravesarlo a lo largo de ciento cinco kilómetros.

A finales de 2014, un día después de la inauguración, Wang sostuvo que la inversión, hasta el 23 de diciembre, había sido de doscientos millones de dólares. También contrató a firmas influyentes de Estados Unidos como el despacho legal Kirkland & Ellis y se asoció con China Railway Construction Corporation, una empresa que se encargaría de los estudios de viabilidad. Entre otras decisiones asignó la investigación ambiental a la consultora Environmental Resources Management (erm).

El día de la inauguración, junto al asesor de inversiones se encontraba el ingeniero Manuel Coronel Kautz, un profesional vinculado al destino de los grandes proyectos prometidos por la dirigencia sandinista en su primer gobierno tras el derrocamiento de la dinastía Somoza en 1979. Desde el año 2000 Coronel, como miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional (fsln), ya hablaba públicamente de la posibilidad de construir un canal al costo exacto de cincuenta mil millones de dólares. Diez años después de esas declaraciones fue nombrado –propuesto por Ortega y ratificado por la Asamblea Nacional– Autoridad del Gran Canal.

Sacar de la pobreza a un país es una promesa recurrente de los políticos latinoamericanos. Ortega ha ofrecido la tierra prometida en sus tres periodos presidenciales (1985-1990, 2007-2011 y 2011-hasta la fecha) y en su larga vida de candidato presidencial (1990-2007). Antes del canal, un anhelo que persigue al país desde la época de la conquista española, propuso la construcción de una refinería a un costo de 4,165 millones de dólares que serían donados por Venezuela. La primera piedra se colocó en 2007 y el inicio de operaciones estaba previsto en 2014, pero la promesa cada día se siente más lejana dada la crisis que enfrentan actualmente los venezolanos.

“El canal es un poderoso mito en la historia de Nicaragua. Y para muchos nicas resulta atractivo pensar que como los países pobres de la Organización de Países Exportadores de Petróleo descubrieron que la suerte les lanzó una negra sonrisa en forma de pozos petroleros, también a Nicaragua algo tenía que sucederle para salir de pobre”, dice el investigador nicaragüense José Luis Rocha, colaborador de la revista Envío de la Universidad Centroamericana.

El mito tiene mucha historia y abarca una buena parte de la geografía paradisíaca de Nicaragua. Intrépidos aventureros cruzaron este territorio en busca del oro recién descubierto en California en 1848 y el río San Juan estuvo en sus rutas de tránsito. Los datos recopilados por historiadores nicaragüenses como Alejandro Bolaños Geyer (1924-2005) indican que ese año dos mil viajeros habían cruzado Nicaragua en la primera ruta del canal que manejó la Compañía Americana de Vapores del Canal Atlántico y Pacífico, fundada en Nueva York por el empresario Cornelius Vanderbilt.1

Era una odisea. Desde San Juan del Norte navegaban en bongos nativos los trescientos kilómetros del río San Juan y el lago Cocibolca hasta Granada. El viaje seguía con doscientos cuarenta kilómetros en carretas y caballos hasta llegar a El Realejo, el puerto del Pacífico nicaragüense.

En el río San Juan, lleno de aves, cocodrilos y abundante vegetación, tenía su finca el poeta José Coronel Urtecho (1906-1994), padre de Manuel Coronel Kautz. En su momento el poeta señaló que la ambición por el oro apenas explicaba el interés por el canal. La búsqueda del estrecho dudoso por parte de los conquistadores españoles convocó tanto a Hernán Cortés en México y Pedro de Alvarado en Guatemala como a Pedrarias Dávila y Francisco Hernández de Córdoba –enviado este último a buscar el estrecho en Nicaragua–, para llegar a un territorio mágico propio de Las mil y una noches.2

“En busca del estrecho que permitiera a sus navíos pasar los dominios del Gran Khan descubrió Cristóbal Colón, en su cuarto viaje, los litorales centroamericanos del Atlántico”, afirma Coronel Urtecho con base en documentos firmados en el reino de España que describen el interés particular de la monarquía. En 1523, veintiún años después del descubrimiento de Nicaragua, el emperador Carlos V le escribe a Cortés en México: “Y porque soy informado que en la costa abajo de esta tierra hay un estrecho pasar en la Mar del Norte y la Mar del Sur, e porque a nuestro servicio conviene mucho savello, yo os encargo y mando que luego con mucha diligencia procures saber si ay el dicho estrecho.”

El estrecho tiene ahora otra ruta. La salida al Pacífico será por Brito, en el departamento de Rivas. Cruzará todo el territorio nicaragüense de este a oeste, unos 278 kilómetros, de los cuales ciento cinco kilómetros corresponden, como se ha mencionado, al lago Cocibolca. El canal pasará por El Tule, una comunidad rural del departamento de río San Juan –aunque sin atravesar el río–, y por una laguna artificial hasta llegar a Punta Gorda, su destino en el Caribe.

A la par de estas obras, se desarrollarán al menos cinco subproyectos que implican complejos turísticos, puertos, aeropuertos y zonas libres de comercio. “El canal permitirá el paso de buques portacontenedores capaces de 25,000 teu,3 barcos graneleros de 400,000 toneladas y petroleros de 320,000 toneladas. La capacidad del canal es de 5,100 barcos anuales, con 30 horas de tránsito por cada barco”, explicó la concesionaria en la presentación del proyecto en agosto de 2014.

En Panamá, que construyó su canal de la mano de Estados Unidos entre 1904 y 1914, no se acepta la posibilidad de que exista otra obra similar en América Central. Nicaragua ha insistido en que intenta complementar las opciones existentes en el tráfico marítimo mundial, pero el concesionario apuesta a que la construcción sea mucho más grande que cualquier otro canal en funcionamiento hasta el día de hoy. “Los canales existentes fueron diseñados y construidos hace más de un siglo. Tendrán a nivel mundial desafíos siempre crecientes para dar cabida al tamaño de los buques y a un volumen de comercio marítimo cada vez mayor. Aun teniendo en cuenta la actual expansión del Canal de Panamá, existe una necesidad de un canal en una escala mucho mayor”, informa la concesionaria en su sitio web.

A nivel local, los sectores más críticos a Ortega sostienen que la única forma de que el canal llegue a realizarse es que el gobierno chino se encuentre detrás de Wang. La idea no es descabellada: en la página web de Xinwei, Wang suele aparecer junto a autoridades del Partido Comunista; en diciembre de 2014, en una nota de prensa institucional se informó que trabajadores de la empresa habían celebrado una reunión con miembros del partido, donde les habían jurado fidelidad; en diciembre de ese año, en un acto público, el empresario entregó al presidente Ortega La gobernación y administración de China, un libro escrito por el presidente de China, Xi Jinping. Sin embargo, no hay una confirmación oficial de que haya intereses asiáticos.

“No es rentable, la cifra del valor del proyecto está en el aire. Para construir el canal en cinco años necesitaría una inversión fuerte, solo con China podrían hacerlo por razones geopolíticas, no por razones económicas”, cuestiona el diputado opositor Eliseo Núñez, miembro de la Comisión de Infraestructura y Servicios Públicos del parlamento de Nicaragua.

El 15 de agosto de 2008, años antes de que Coronel Kautz fuera nombrado Autoridad del Gran Canal, los nicaragüenses leyeron en los diarios un exabrupto de su entonces vicecanciller. “Ahora resulta que sale una diabla, que es la señora Eva Zetterberg, que desafortunadamente se ha venido a inmiscuir en los asuntos internos de Nicaragua”, dijo refiriéndose a la entonces embajadora de Suecia.

La lista de desaguisados de Coronel Kautz durante su gestión en el Ministerio de Relaciones Exteriores dio para muchas planas. Del mismo modo que llamó diabla a la embajadora, en otras ocasiones calificó a los diplomáticos de ser como “la gata angora”, un dicho con connotaciones sexuales en el habla nicaragüense. Con fama de cascarrabias, este ingeniero campechano, de ojos azules, rubio, amigo personal de Ortega, fue en los años ochenta viceministro de Agricultura y Reforma Agraria, el ministerio de los grandes proyectos de desarrollo. Henry Ruiz, uno de los nueve comandantes que tenían la conducción política de la revolución sandinista, recuerda que en la casa presidencial continuamente se aprobaban grandes proyectos y a él se le indicaba, como ministro de Cooperación, que tenía la misión de conseguir los fondos.

–Todo se limitaba –asegura Ruiz– a que el Ministerio de Cooperación Externa se encargara de buscar los recursos, nadie evaluaba si se estaban produciendo cosas. El gigantismo estaba en la cabeza de todos, queríamos resolverlo todo en el corto plazo. Esa misma fantasía es lo que estamos viendo con el canal. Solo que en aquel tiempo daba para soñar, pero en estos tiempos no. Los nicaragüenses somos buenos en esos asuntos: cuando Mark McGwire pegaba jonrones y estaba desaforado, la vox pópuli dijo que había sido hijo de un nica en el norte. Tenemos la tendencia a ser los mejores. Rubén Darío, con razón, es el mejor, pero aún estamos lamentando que no le hayan dado el Premio Nobel de Literatura. Nosotros padecemos de un gigantismo ilusorio. Los narradores hábiles que tenemos terminan el cuento, la nación no ha podido terminar el suyo.

En su memoria de la revolución sandinista, Adiós muchachos, el exvicepresidente Sergio Ramírez ha contado las desmesuras que nacieron en la mesa de los comandantes: dependiendo de la influencia del padrino, un proyecto podía recibir millones de dólares.

Había entre esos planes un ingenio azucarero y un embalse para llevar el agua a los cañaverales. Había también la idea de destinar treinta mil hectáreas al tabaco Burley, pero llevar a buen puerto este último plan demandaba “la madera de bosques enteros para hacer los almacenes de secado”. Un complejo industrial se quedó a medio camino porque se encontraba situado en una zona de guerra, bajo asedio de la Contra, el ejército financiado por Estados Unidos para sacar a los sandinistas del poder. Una vez derrotado el sandinismo en las urnas en 1990, apunta Ramírez, las piezas de aquel complejo industrial tuvieron como destino último el mercado negro.

“No debo excluir mi propio proyecto de ferrocarril de vía ancha entre la costa del Pacífico y la del Caribe, anunciado con pompa, y del que solo se construyeron siete kilómetros porque no contaba con ningún financiamiento”, cuenta el escritor. Aunque la dirección política era de nueve comandantes, había entre ellos uno cuya imaginación era “desbordante”. Su nombre es Jaime Wheelock, el jefe de Coronel Kautz, quien en 2006 aseguró a la revista Magazine del diario nicaragüense La Prensa que el monto de al menos doce megaproyectos había llegado a 1,500 millones de dólares. El ministro estaba a cargo, según Ramírez, de la reforma agraria pero también de la industria forestal y los recursos de pesca: “Catedrales en la selva, igual que Fitzcarraldo, el personaje de la película de Werner Herzog que pretendía levantar un teatro de ópera en Iquitos.”

De esas reuniones para decidir proyectos, Ruiz recuerda que Ortega solía apoyar aquellos referidos al ejército que presidía en ese entonces el comandante Humberto Ortega Saavedra, su hermano. El más conocido fue la construcción, en la zona de Punta Huete, San Francisco Libre, de un aeropuerto con una pista de lujo, al que bautizaron con el nombre de Panchito. Ahí esperaban el aterrizaje en cualquier momento de cazabombarderos MiG-21 enviados desde Rusia, lo que nunca ocurrió. Lo que sí pasó fue el incremento del presupuesto militar para un conflicto que ya contaba con miles de muertos. La idea del aeropuerto Panchito, con una pista de tres mil metros de largo, 45 de ancho y cuarenta centímetros de concreto reforzado, acaparó la producción de cemento local y paralizó la escasa construcción en aquellos años de guerra. En pocas palabras: una “inversión muerta”.

“Las piedras del salbeque de David se agotaron disparando contra la cabeza de Goliat y empezamos a emitir billetes sin respaldo en cantidades cada vez mayores, para resellar después los mismos billetes con denominaciones más altas, sucios, y gastados en las manos de la gente que los llamaba chancheros y que tras el operativo de desmonetización repusimos con otros impresos en Alemania Democrática, pero que pronto corrieron la misma suerte. También para los récords Guinness: al final de la década, Nicaragua tenía la tasa de inflación más alta del mundo”, explica el exvicepresidente.

Ingenios azucareros con sistema de irrigación sofisticada, ferrocarriles inexistentes, fábricas en la selva, el menú se completó con vacas traídas desde el helado Canadá que, debido al cambio de clima, no resultaron productivas. Ruiz cierra los ojos y se ve a sí mismo viajando a Matagalpa: “Apareció la idea en el Midinra de que había que modernizar la ganadería, se firmó con el ministro Clark, para traer las vacas que vienen de otros climas. Vinieron para acá, comenzaron a aparecer las primeras reproducciones de ese ganado cruzado y recuerdo que fui a una de las haciendas no privadas y me encontré que había una orden de que el ganado macho fuera retirado y sacrificado y de que solo dejaran a las vacas importadas. Entonces pregunté las razones y me respondieron: ‘No tiene ninguna importancia, lo que nosotros queremos es ganado lechero para darle al pueblo’.”

Wheelock, alejado ya de la política, ha defendido que todos esos proyectos no fueron disparates, sino que obedecían a un plan maestro de la Organización de los Estados Americanos, realizado después del terremoto que destruyó Managua en 1972. Lo único que admitió, cuando lo conocí en abril de 2006, fue que habían tenido problemas de ejecución. No obstante también aseguró que él había entregado al nuevo gobierno el ingenio Victoria de Julio cuando este todavía producía un millón de quintales. El ingenio, otra gran idea para que la que se construyó el embalse Las Canoas. Nueve años después, todavía me parece escucharlo: “El destino ulterior de estos proyectos, su privatización, reparto, canibalismo y destrucción fueron consecuencia de los gobiernos sucesivos.”

A menos de setenta kilómetros de Managua, después de descender por uno de los costados de Las Canoas, la represa construida para alimentar al ingenio Victoria de Julio, Benicio Ortega Ramírez, de 65 años, busca vacas muertas en el horizonte de zarzales, piedras o basura que se extiende a su vista.

Han pasado 32 años desde que se enteró por experiencia propia de que gracias al progreso humano se podían juntar tres ríos –Malacatoya, Barco y Fonseca–, desaparecer cinco comunidades –San Agustín, La Empanada, Los Ventarrones, Mal Paso y La Concha–, incluidos sus cementerios, y convertirlo todo en un embalse que serviría para humedecer los cañaverales.

El Comino, el caballo rojo de Ortega Ramírez, que tiene unos ojos pícaros y la crin alborotada, se niega a seguir con la búsqueda en esta zona de Teustepe, Boaco. En la región central de Nicaragua, campesinos como este hombre delgado, de hablar melodioso, suelen aparecer desde horas tempranas del día. Hoy se levantó a las tres de la mañana, se subió a su caballo para recorrer San Agustín, su finca de ochenta manzanas.

–La tierra a la orilla de la presa se hunde –dice el dueño para explicar la renuencia del equino–. ¡Tengan cuidado!

Si uno observa aquella nada tan tranquila, la advertencia parece vana, pero pronto la tierra sólida cede ante el lodo. Es muy fácil entender el drama de este andariego: en el último año, cinco vacas se le han desnucado y en las semanas recientes cuatro terneros han muerto. La circunstancia actual hace que Ortega Ramírez piense en los tiempos anteriores a la represa, cuando los peces se multiplicaban y la gente comía en sus casas y vendía racimos en las carreteras.

Aquellos años son ahora un recuerdo que despierta su nostalgia. En los días de leche y miel de la Revolución (1979-1990), técnicos del gobierno llegaron a proponerle su traslado hacia otro sitio, porque ahí construirían una represa cuyo costo estimado era de trescientos millones de dólares. Según el proyecto, la represa lograría recoger ciento cuarenta millones de metros cúbicos de agua, veinte millones menos que el consumo anual de Managua.

–La idea del canal es otra idea grandota. Ese canal es una desgracia para los pobres, la gente dice que no va a haber trabajo, que va a ser como esta represa –opina mientras jinetea al Comino que anda tranquilo ya sobre la antigua carretera que cubría el agua antes de la sequía.

El primo de este hombre es un moreno que lanza sobre la tierra algunas piedras pequeñas envueltas en cinta adhesiva. En el corazón de esos proyectiles hay semillas de pipián que espera que sirvan para sacarle algo a la tierra. Dueño de otros medios para vivir, el hombre que calza sandalias busca cómo aprovechar el día con su faceta de agricultor mientras su primo escucha lo que cuenta. Se queja también de la pobreza, de la ruina que se les vino encima, de sus años de trabajador del ingenio Victoria de Julio, convertido ahora en una ruina tan fantasmal como la ciudad desaparecida antaño bajo las aguas y ahora de nuevo visible. El caballo detiene su marcha.

–Donde está ese jenízaro era ahí el cementerio –dice Ortega Ramírez. Mira los pozos donde antes la gente bebía agua, lo que fue un potrero, la nave de la iglesia donde los habitantes se reunían los fines de semana y en días de guardar. Casas grandes y pequeñas.

Las comunidades campesinas de Nueva Guinea, en el Caribe sur de Nicaragua, y de El Tule, en río San Juan, han sido de las más activas en las 42 protestas que hasta abril de 2015 se habían realizado contra el canal interoceánico. Estos caseríos se encuentran en la ruta del proyecto. La Nicaragua campesina rechaza las expropiaciones que a favor del concesionario garantiza la ley aprobada por la bancada del presidente Ortega en la Asamblea Nacional. Según la ley, el concesionario está obligado a pagar el valor de catastro, que por lo general es más bajo que el precio del mercado.

A la entrada de El Tule, un pueblo formado por desplazados de los años ochenta, al que se llega luego de recorrer más de doscientos sesenta kilómetros desde Managua, todavía pueden verse sobre la carretera pintas que dicen “Fuera chinos”.

En el “Comedor de la Chela”, a la entrada del pueblo, se recuerda el violento desalojo del que fueron víctimas los campesinos que protestaban contra el canal. Un hombre enjuto camina entre las mesas, ofreciendo frijoles humeantes con queso y café para el desayuno en este sitio de la carretera a San Carlos, la cabecera nicaragüense vecina a Costa Rica.

–Ese espacio que no tiene cabello en la cabeza [del flaco] es consecuencia de la represión –dice Freddy Orozco, imperdible entre todos porque su nombre está escrito sobre su cinturón.

El flaco asiente con una sonrisa. El miércoles 24 de diciembre de 2014, con dos días de diferencia del bondadoso discurso de la primera dama, la policía llegó y sacó a golpes a los campesinos que hacían tranques ahí. El ganadero Orozco –originario de la comunidad de Quebrada Seca y propietario de 70.50 hectáreas de tierra– fue uno de los golpeados. Pero le cuesta trabajo hablar solo. Se hace acompañar por tres de las personas –Ángela Nuriz, Yader Sequeira y Matilde Cáceres– que han estado con él en los retenes. Uno graba con su celular, el otro con una cámara de video y uno más escucha. El ambiente está tenso en el pueblo, los niños no van a la escuela porque temen al ejército.

En plena Navidad, Orozco estuvo preso en las celdas de Auxilio Judicial de Managua, señaladas como centros de torturas de la policía. A esa zona se le conoce como El Chipote, la montaña mítica en el norte de Nicaragua en que el general Sandino combatía la intervención estadounidense en los años veinte del siglo pasado.

La agresión a los campesinos, y su posterior captura, quedó registrada en La Prensa. Cincuenta personas resultaron heridas. “Me mandaron al Chipote, yo no estaba en ese momento en el tranque, me capturaron después. Es una cosa terrible. Nos tuvieron encerrados, nos desnudaron en Juigalpa [la delegación policial más cercana], nos montaron en una camioneta y la sirena la activaban adonde llegaban. Iban doce camionetas, rellenas de antimotines como si fuésemos los más criminales del mundo. Nos decían: ‘Ustedes por andar de babosos, por estar en contra del progreso de Nicaragua, les van a caer treinta años, olvídense de su esposa, de sus hijos, aquí van a pasar treinta.’ Yo tengo 45 años y uno dice: ‘ya para qué, no volveré a ver la luz’.”

Ángela Nuriz asegura que su padre no permitió que meses atrás los empleados de la compañía china, que llegaron acompañados de militares, hicieran mediciones en sus tierras, el paso previo para negociar las indemnizaciones. El padre de Ángela es fundador del asentamiento El Tule, la comunidad donde se desarrolla la entrevista, a orillas del río del mismo nombre, formada por campesinos desplazados por el fsln en los años ochenta supuestamente para evitar que les sucediera algo malo durante el teatro de la guerra que se hacían el sandinismo y la contrarrevolución.

“Los sandinistas los sacaban de sus comunidades y venían a tirarlos acá, todos revueltos ahí estaban –cuenta Ángela–. Esto era una finca, se adueñaron y empezaron a hacer solares. Repartieron a la gente. Mi papá perdió su finca que eran doscientas manzanas, quedó en la calle, y le tocó empezar de cero. A mí me trajo de un año. La gente comenzó sus chocitas. Nos dijeron que, por el problema de la guerra, necesitaban trasladarnos. Mi padre tiene setenta años, está enfermo, es diabético, él dice que se está repitiendo la historia.”

Cada historia que cuentan estremece. Yader Sequeira enseña un golpe recibido. Él también se opuso a la llegada de los empleados chinos. El señor Matilde Cáceres en cambio cuenta que un militar lo amenazó después de que él le dejara en claro que no iba a vender nada y que lo mejor sería que se fuera.

Orozco asegura –una voz dramática, en el silencio interrumpido por canciones rancheras que salen del radio de un vecino cercano al comedor– que si el proyecto prosigue tendrán que erigir el canal sobre sus cadáveres. Se les ha ocurrido la idea de ir cada año en diciembre, encender unas velas y recordar la violencia de la que fueron víctimas en este territorio de ilusiones perdidas llamado Nicaragua. ~


1 Alejandro Bolaños Geyer, La burbuja del canal, Colección Vega, Biblioteca Enrique Bolaños.

2 José Coronel Urtecho, “Función del Desaguadero en la historia colonial de Centroamérica”, Revista Conservadora, marzo de 1964.

3 Twenty-foot Equivalent Unit: es la unidad de capacidad estándar para contenedores, equivale a 33 metros cúbicos aproximadamente.

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